Las últimas enseñanzas del capitán para una gran camada

En Londres 2012, cuando el dominio de la Generación Dorada sobre la selección de básquet era completo, “los nuevos” debían pasar por un proceso de aprendizaje. En la zona mixta, a Manu Ginóbili le preguntaron sobre algunas cosas que había hablado con Facundo Campazzo en uno de los primeros partidos. Y el veterano comentó: ”Lo vi simular una infracción y eso es algo que no ayuda. Primero porque no está bien y segundo porque los árbitros empiezan a desconfiar del jugador que lo hace. Tenemos que ganar los partidos jugando bien al básquet”. Algo similar volvió a pasar tras la derrota de la Argentina ante España, que lo dejó en una posición muy complicada de cara a la clasificación para los cuartos de final de los Juegos Olímpicos de Tokio 2020.

Cuando se habla del legado de la GD, de eso se trata, de la transmisión los conceptos fundamentales que construyeron al mejor equipo de básquet de la historia de nuestro país. Y aunque la selección ya nada tiene que ver con aquel equipo, todavía queda Luis Scola. Nada menos que Luis Scola.

En la entrevista con TyC Sports, José Montesano le preguntó a Scola qué era lo que más le preocupaba de la actuación argentina. Scola, que suele no hacer públicas situaciones muy privadas del equipo, y que ya había aclarado que notaba una mejoría, pensó unos segundos y le contestó: “Me preocupan algunos malos hábitos que seguimos teniendo. Protestar, hacer flopping (N. de la R.: término utilizado en la NBA para hablar de la simulación de faltas). O por ejemplo, que por esas protestas no bajemos a defender. No tenemos el talento para darnos esos lujos”.

La frase, muy severa, podría ser motivo de peleas entre deportistas. Seguramente eso no ocurra en esta selección. Se discutirá. Pero lo más probable es que el nivel de confianza que tiene el grupo absorba la crítica y lo convierta en una enseñanza más.

Hay, sin embargo, una barrera generacional que es insalvable. No es negativa, sino inevitable. Porque Scola puede transmitir sus ideas, pero el equipo ya tiene autonomía y vuelo propio. Para lo bueno y para lo malo. Y esta camada, sin la excelencia de la Generación Dorada, pero con un standard de jerarquía que le permitió llegar a la final del último Mundial, está al mando.

Y eso se notó en una de las primeras jugadas del partido y con el partido 0 a 0. Ricky Rubio avanzó sobre el sector derecho de la defensa argentina y Nicolás Laprovíttola lo cortó con infracción. Scola, le dijo algo que provocó una reacción del base de Morón: “¡Pará, pará boludo!”, le gritó. Nada grave. Una acción de juego como cualquier otra y que no debería sobre dimensionarse. Aunque sí se puede detectar alguno de los elementos que componen a este equipo.

Hace algunos años, Laprovíttola hubiera agachado la cabeza para aceptar la reprimenda del capitán. Ahora le respondió con vehemencia. No porque no lo respete, para nada. Sino porque ya no es un chico. Tiene 31 años, jugó en buen nivel en Real Madrid en las últimas dos temporadas y jugará en Barcelona en la siguiente. Dos de los mejores equipos de Europa. Luis Scola tiene 41, probablemente se retire tras este certamen.

Laprovíttola cometió una infracción, tomó una decisión. Y aunque Scola no esté de acuerdo, esa es la forma en la que este nuevo equipo hace las cosas. Mal no le fue. Podría irle mejor, puede ser.

La discusión, no se trata de establecer si estuvo bien o mal. O de concluir en quién tiene razón sobre esa jugada puntual. Sino en la convivencia, que nunca fue fácil, entre dos generaciones. Entre jugadores con formaciones y culturas muy distintas, pero que supieron hasta aquí complementarse para tratar de hacer lo mejor para la selección.

Ninguno de los dos se quedó atrapado en ese episodio menor. Laprovíttola fue el goleador del equipo, con 27 puntos; Luis Scola fue el segundo anotador, con 13.

La Generación Dorada ya no existe. La nueva camada tiene el control. Lo sabe Facundo Campazzo. También Nicolás Laprovíttola. Y Luis Scola, por supuesto. Más que nadie.

Fuente: LA NACIÓN

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