Contó sobre la universidad del deporte que proyecta en el Dow Center. Su convicción respecto de la evolución del juego; el sistema de Bahía Basket y su apertura a los torneos locales.

   Desde una de las vistas privilegiadas del Dow Center se sienten los “latidos”, mientras un entusiasta grupo va y viene, corre y disfruta.

   “La cancha es lo más sagrado que tenemos; como describió Scola, 'es el corazón del lugar'”, define Pepe Sánchez.

   De fondo, en los gimnasios se observan las bicicletas, las camillas, las pesas. Todo funciona. Nada se detiene. Sólo hicieron una pausa en el apretado calendario los jugadores reclutados y profesionales quienes están gozando de vacaciones.

   El jefe, igual está ahí, firme. Con ropa deportiva, fiel a su vestimenta diaria, Pepe se acomoda en un puf, se relaja en una de las amplias y cómodas salas. Va cerrando el año en un mano a mano con “La Nueva”.

   —¿Cuánto tiempo pasás acá?

   —Desde que nos mudamos le metí muchas horas. Ahora es más calidad que horas.

   —¿En qué te focalizás básicamente?

   —Fueron muchos meses de todo. Era cambiar el sistema en Bahía Basket, con la estructura en pleno uso; generar diferentes áreas que empezaron a tomar vida. Es interminable la cantidad de detalles, de cosas, de impronta...

   —¿Una en particular?

   —Plasmar la cultura del lugar acá mismo. Lo primero que les dijimos a los jugadores de Bahía Basket, quienes se instalaron antes que el resto, fue que ellos iban a setear la cultura del lugar. Mucho pensamiento detrás de cómo lograr que ellos se apropien del lugar y transmitan los valores y la energía que queríamos. Ellos son quienes están acá todo el tiempo. Y llevó un montón de tiempo. Ejemplo, algo que es divertido: hay personas que trabajan acá que caminan más de 10 kilómetros por día. Y cómo hacer que no recorrieran la diagonal por la cancha: ¿Desde el castigo y autoridad o desde el proceso de educación?. Bueno, gran parte del cambio de Bahía Basket tiene que ver con pasar de la autoridad al proceso de la generación de hábitos, y eso lo pusimos en práctica a partir de insistir y concientizar a los propios.

   —¿Resultado?

   —Dos meses después, cuando la gente empezó a interactuar con el lugar, sola caminaba por el perímetro, cuidando el piso con calzado adecuado y demás. Este es un ejemplo práctico, pero también, en sí, mucho tiene que ver con la energía que tiene el lugar. Todo el mundo viene acá a practicar deporte; y ver gente que se mueve genera buena energía. Detrás de eso hay mucha materia gris. La sonrisa, la higiene y el aroma fueron los tres objetivos que fijé y que deben estar siempre presentes.

   —¿Cómo definís el Dow Center?

   —Es un centro de alto rendimiento que tiene la particularidad de ser parte de la comunidad. Mi sueño siempre fue construir un lugar de entrenamiento.

   —¿Por tu esencia de jugador?

   —Sí. Por ahí la gente tiene la fantasía de que todo sucede en el partido, pero todo sucede acá. Ese sueño lo compartimos con Luis Scola y con Fabricio Oberto también. Nuestro lugar en común es la cancha de entrenamiento.

   —¿Y es donde más se disfruta?

   —¡Sííí...! ¡Totalmente! Es donde pasás la mayor cantidad de horas, donde más disfrutás y donde uno que ha recorrido todos los niveles, desde Premini en El Nacional hasta un Juego Olímpico o la NBA; es el denominador común: las cosas suceden en este corazón. Después sí está genial que le encontramos la vuelta para poder utilizarlo como estadio y le da a Bahía Basket su hogar, pero la cancha de entrenamiento es donde está todo. Si analizás el lugar, está construido con el corazón. ¿Qué queremos que miren todos? La cancha de entrenamiento.

   —¿Hacia dónde va el Dow Center?

   —El Dow Center va hacia el formato de deporte y academia. Primero, enfocado en el deporte y más adelante para que pueda abrirle la puerta a otros deportes y a lo estrictamente académico, relacionado al deporte. Arrancamos del deporte, con un formato universitario, con clases, talleres, todo referido al básquet. Desarrollamos una currícula sobre qué creemos que necesita saber un atleta de alto rendimiento, desde qué es competir hasta hábitos de salud y el estudio del juego, literalmente. Siempre en formato de talleres cortos, de 18 o 20 minutos. Tenemos infraestructura. Queremos ir creciendo en esa línea. Y Bahía Basket será la pata donde los mejores talentos de Latinoamérica quieran venir.

   —¿Bahía Basket es lo mismo que en sus inicios?

   —El espíritu no se ha modificado. Es una franquicia que representa a la ciudad en la Liga Nacional y ese es el objetivo, que la ciudad pueda tener una competencia en el más alto nivel. Y, por otro lado, que podamos seguir desarrollando un trabajo social, el cual considero que es vocación y obligación, como en cualquier emprendimiento. Y, en general se hace, somos un pueblo solidario.

   —Lo que cambiaron fueron los protagonistas.

   —Empezamos siendo ex jugadores que quemamos los últimos cartuchos, por una cuestión de generar interés a nuestros sponsors; en mi caso, de poder retirarme jugando en Bahía, que era muy importante, algo que también pudo hacer Espil y Jasen... Fue alucinante. Y después mutamos hacia lo que tenemos verdadera vocación, que es formar talentos. Ayudar a los jugadores que tienen una proyección importante para dar el salto de calidad, ser profesionales y que, a su vez, nos permita competir en la Liga.

   —¿Eso es lo más difícil?

   —Sí. Seguimos haciendo magia, compitiendo en el nivel más alto con jugadores jóvenes, sin tener que salir todos los años al mercado. Tenemos cantidad de chicos que están jugando en Europa y en la selección Argentina, tanto en mayores como en menores.

   —¿Ese es el camino?

   —Sí. El último fue Corvalán. Firmó con un equipo de ACB y vendrán otros. Es la única forma que podemos estar en la máxima competencia.

   —¿En algún momento dudaste del camino elegido?

   —La realidad es que a veces sentís que la competencia te queda grande, porque tenemos jugadores con muchísimo talento, pero de 17 años. Entonces, un partido son extraordinarios, lo cual hace que se confundan ellos, los padres y el entorno, pero la realidad es que no pueden sostener mentalmente una competencia de 40 o 50 partidos. Eso genera otro tipo de problemas de los que tiene la mayoría de los equipos. Pero sí, hay veces que decimos: “Che, esto es un laburo de artesanos”. Estás construyendo dos, tres o cuatro años y, por ejemplo, ves los resultados siendo subcampeones de Sudamérica y América, pero al año siguiente es empezar de nuevo, porque esos chicos vuelan.

   —Entiendo que en la concepción del proyecto de eso se trata el éxito. ¿Es así?

   —Totalmente. Lo que pasa que son procesos de entre tres y cuatro años, y en estas latitudes no estamos acostumbrados a eso. Tenés que aguantar uno, dos o hasta tres años jugando en la Liga más alta, y a veces hasta la pasás mal deportivamente, porque estás construyendo, como sucede con el actual equipo. Eso sí, a estos chicos dale 24 meses más y puedo asegurarte que están peleando entre los primeros cinco equipos. Y si pasa, probablemente vas a verlos un año, como mucho dos, y después habrá que empezar de cero. Pero es un lindo desafío.

   —¿Qué perseguís con todo esto?

   —Yo viví la vida de ciudadano siendo estudiante en la universidad, donde vas a clase y el profesor de historia del arte no tiene idea que vos jugás al básquet, y tampoco le importa qué tan conocido podés ser en la ciudad. El tipo es un intelectual. Pero, de repente, vas al partido y hay diez mil personas en la cancha y vos sos un atleta. Esos años interactuaba con los dos mundos. Fue el período más rico como persona, porque podía ser el atleta y vivir en esa burbuja que genera, pero también convivía el día a día con los compañeros, profesores y demás que no pertenecían a ese mundo. Por eso, lo que pretendía de este lugar era que se pudiera integrar, es decir, que la gente pudiera ver, charlar y compartir con chicos que son atletas de alto rendimiento y que, a la vez, ellos puedan hablar todos los días con gente normal. Y esa magia está. Eso suma. Es parte de este lugar.

   —¿Cuál es el siguiente paso?

   —La vocación más grande que tengo es reproducir esa vida universitaria que viví allá. Mi gran objetivo para el 2020 empezar a darle forma material y real a lo que será la “universidad del básquet”. Que el Dow Center sea un lugar que acoja chicos de toda Latinoamérica, que vengan a recibir la educación basquetbolística y deportiva. Reseteamos todo el sistema de Bahía Basket, experimentando bastante fuerte. Acá hay procesos de generación de hábitos. Ejemplo: si queremos que un jugador tenga un comportamiento puntual en la cancha, hasta ahora era: “Se lo digo una, dos o tres veces y después le pegábamos un grito”. Estamos recorriendo un camino paralelo, que es generar que algo suceda, que no será inmediato y, a partir de eso, se traza un plan. ¿Cómo? Con repetición, interacción con el jugador uno a uno, con refuerzos positivos cuando lo hace... Esto lleva más tiempo, la recompensa llega más en el corto o largo plazo, pero es un camino mucho más gratificante.

   —Otro método.

   —Es que cuando mirás hacia atrás, los métodos que funcionaban para nosotros, como el sacrificio, el esfuerzo, el “lo hacés por las buenas o por las malas”, ya no funciona más. Y eso es un aprendizaje. Estamos aprendiendo y estudiando mucho. Y, la verdad, funciona. Los chicos entrenan con una sonrisa y mucho más que de la otra forma. Si somos lo suficientemente tenaces en seguir el camino, los resultados vamos a verlos en la cancha. Estamos compitiendo con el equipo más joven en la historia de Bahía Basket y están pasando cosas interesantes.

   —¿Podés profundizar en el tema? Porque el sistema de juego, de vértigo, de correr y tirar genera tanto rechazo como admiración en un mismo partido.

   —Entiendo que algunas decisiones no se llegan a interpretar y todo lo que no se entiende se rechaza.

   —¿Cuál es el límite en este sistema de juego?

   —Nosotros hablamos del juego y no estamos pendientes de todo lo periférico, que es el folklore.

   —¿Ejemplo?

   —Queremos tener más competitividad, el folklore sería “hay que poner huevos, huevos...”. Para ser competitivos, hay que hacer el box out, porque jugamos con cinco bajos. Ahora, cómo lo logramos, generando el hábito y eso va a llevar un tiempo.

   —¿Y en el mientras tanto?

   —Es que no falla. Los que podemos fallar somos nosotros si no enfocamos dónde poner la energía. Pero es matemático. Hay una prueba muy clara en ofensiva: pasamos de ser la peor ofensiva, por lejos y en números, a la mejor, hasta el partido con Atenas.

   —¿Qué hicieron?

   —Pusimos el foco en una forma de atacar que metemos 90 puntos y si lo hiciéramos de la forma convencional no pasaríamos los 60. Eso sí, nosotros le erramos en el foco y podemos hacer un desastre. Llevamos 10 partidos y en 9 faltando 3 minutos estábamos en juego. Eso, históricamente no pasó nunca en Bahía Basket. Después, como todo, ganamos cuatro, perdimos cinco y el de Atenas allá (derrota 96-55) que lo consideramos un cisne negro. Siempre se jugó a nuestro ritmo y al nivel de posesiones que queríamos. Este sistema tiene una ventaja: por más que el rival quiera bajar el nivel de posesiones, siempre gana el que quiere jugar más rápido, por más que quieras caminar la cancha; es matemática. Está todo inventado, ¿eh? Y el juego va hacia ahí.

   —¿Y en la Liga?

   —En la Liga nos fuimos quedando en un juego más conservador, que ya no practican en la NBA, en la Euroliga, las ligas locales europeas y el mundo FIBA internacional. Hoy en la Euroliga los tres primeros equipos meten 90 puntos de promedio. El juego es de velocidad, tiradores, spacing y posesiones más cortas. Los números reflejan cuál es la forma más eficiente de atacar. En la Liga se sigue desarrollando un juego más conservador.

 —Te bajo otro escalón. ¿Ves algo del torneo local?

   —A nivel local lo que nos pasa es que la concepción del juego quedó estancada en el tiempo. De alguna manera, como somos la Capital del Básquet, sentimos que tenemos la autoridad moral para decidir qué es jugar bien. Pero la realidad es que el mundo no está pendiente de nosotros. Y el mundo del básquet de élite, en un punto, nos abandonó hace rato.

   —El tema es que, en general, quienes forman jugadores en los clubes, no se proyecten más allá del torneo local.

   —Agustín Pichot usa siempre una frase: el juego manda y no tiene dueño. El juego tiene vida propia; lo único que queda es seguir la tendencia, y la marcan siempre los mejores. Es muy simple. Ahora, requiere de quitarse el ego y ser un poco humilde. Aparte, lo divertido del básquet es que evoluciona permanentemente. Me quedo con lo que sugirió Larry Bird, dando a entender: “No matemos a la evolución del básquet porque no se juega de la manera que lo hacíamos nosotros”.

   —¿Esto te lleva a reinventarte permanentemente? Porque el éxito de tu carrera pasó por otro juego.

   —Es que tenés que seguir el juego, algo muy difícil. Pero es un desafío hermoso. Y es basado en el conocimiento empírico, todo esto lo refleja la matemática, la métrica... Hay mucha información. Nosotros estamos trabajando con la misma información que los equipos de NBA. Está bien, no tenemos 10 analistas de métricas, tenemos uno, pero la esencia del sistema de entrenamiento es el mismo. Las métricas te marcan qué debés tocar para tener altas chances de ganar. También, si no lo hacés, tenés muchas chances de perder. Después, el juego empieza y termina con el talento de los jugadores. Como dice Néstor García: “Si la pelota entra, te resuelve todos los problemas”. Nosotros, lo que hicimos fue simplificar el juego a la máxima expresión. Nuestro sistema es utilizar los espacios y lo que tratamos de hacer es extraer del jugador lo que ya tiene, más que confiar en la construcción que podamos hacer del mismo.

   —¿Aún cuando son jóvenes?

   —Aún siendo jóvenes. El ser humano de por sí tiene cantidad de información de sus padres, el colegio, los entrenadores, el entorno... Nosotros le mostramos una foto de lo que es el básquet de primer nivel, le generamos un sistema de entrenamiento para que incorporen los hábitos nuevos y, después, intentamos que saquen lo que tienen dentro.

   —El mayor problema de alguien exitoso en lo que hizo, imagino que es poder transmitirlo. ¿Cómo lo llevás?

   —Desde hace cinco meses me involucré en el juego como siempre me hubiera gustado hacerlo. Es decir, me hago responsable de lo que pasa en la cancha. Tenemos un cuerpo técnico horizontal, donde cada uno cumple funciones. Hay una metodología y, a partir de ahí, todo el mundo colabora para que eso suceda. Ganamos o perdemos todos. A mí me tocó crear el estilo de juego y el sistema de entrenamientos que, a su vez, no lo inventé yo: le robé a Scola, a Prigioni, a lo que se hace en la NBA, a la universidad... Así construí algo en base a algo que ya está. Y en el final, hacemos todo porque queremos ganar.

   —¿Hoy tenés toda la energía acá?

   —Hoy tengo el foco acá, cien por ciento. El tema que aparecen estímulos, como ofertas para ir a laburar a la NBA y, a la vez, esto genera cosas nuevas. No sé hasta cuándo voy a decir que no. Una vez que Bahía Basket sepa a qué juega y cómo juega, se va a despersonalizar todo.

   —¿Qué rescatan de haber jugado el torneo local?

   —Empezó siendo un compromiso y terminó siendo un aprendizaje. Empezando por mí. Estuve muy desconectado del torneo local, quizá por un sistema de defensa que uno mismo se pone, y la realidad es que el torneo de Primera es súper competitivo y nos dará un nivel de roce y competitividad extraordinario. Me parece que ahí nosotros vamos a sumar muchísimo. El nivel de competitividad es muy alto, pero el juego no evoluciona. Los chicos de Bahía tienen un nivel de competitividad brutal, muy superior a todos los que vienen de afuera, eso se los forja la competencia local. Me parece que falta tomar riesgos. Si un chico tiene chances, ponelo en una posición que hoy le va a ser incómoda y no le dará resultados.

   —(Interrumpiendo) El problema es que se prioriza el resultado inmediato.

   —Nos tenemos que acordar que, entre los mejores exponentes que surgieron del torneo local, nunca ganamos un torneo en Bahía, sí un Juego Olímpico. Entonces, porqué no usamos más esa ecuación. Ahí es donde Bahía puede dar un salto de calidad.

  —¿Qué tan abierto están desde Bahía Basket al básquet local?

   —Súper, a que vengan a aprender. El problema es venir a comparar. El juego y el básquet es uno, pero dentro del mismo deporte hay varios deportes. Este es un lugar donde estamos a la vanguardia y si estamos equivocados, están todos equivocados, porque nosotros no inventamos nada. Sólo vemos qué hacen los mejores y tratamos de aggiornarlo. Pero nos encanta recibir entrenadores. De hecho, lo hacemos con muchos que vienen de afuera. Estoy seguro que, tomando los últimos años, hubo cantidad de jugadores con potencialidad para haber jugado en Liga A o Liga Argentina, aunque quedaron el camino.

   —Porque los absorbió la competencia local.

   —Es que se quedan sin herramientas. Y la competencia te pone un límite. Por eso, no subestimo para nada el nivel competitivo y el talento de muchos chicos. Ser la Capital del Básquet nos termina engañando, porque nos creemos que cualquier cosa que hagamos acá es así. Una cosa es la tradición y el folklore y otra el juego en sí mismo. Y nosotros mezclamos todo. Ahí hacemos lío. De todas maneras, no pierdo la esperanza de que abramos la cabeza.

   Pepe Sánchez, claro, siempre da motivos para reflexionar. Y esta vez no fue la excepción...

Fuente: La Nueva

Fotos: Pablo Presti y archivo-La Nueva.

Por Fernando Rodríguez / ferodriguez@lanueva.com

(Nota publicada en la edición impresa)

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